Al rescate de la generación Boko Haram

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No fue de repente, sino poquito a poco, pero a Mohamed Abdulai se le fueron llenando los ojos de muertos y de miedos. Con solo 11 años se pasó dos días escondido en el bosque cuando aquellos locos de Dios de entraron en Gulani, su pueblo, raptando niñas y matando a destajo. La familia se mudó a Damaturu, pero poco después se presentaron en su nuevo colegio y degollaron al director. Porque sí, porque la educación occidental es pecado, dijeron ellos. Ahora, por fin y gracias al Gobierno nigeriano, Abdulai estudia en lugar seguro y sueña con ser abogado, no tanto por quitarse los muertos de la cabeza, sino por tratar de hacerles justicia.

El proyecto al que se acoge Abdulai, que ahora tiene 15 años, se llama Safe School Initiative (SSI) y nació poco después del secuestro, en abril de 2014, de 276 niñas de un centro educativo en Chibok, en el noreste de Nigeria, por parte del grupo terrorista Boko Haram. Los radicales se han fijado como objetivo la educación y han destrozado o provocado daños a unas 1.400 escuelas en los estados de Borno, Yobe y Adamawa. Según Unicef, hay un millón de niños con problemas para continuar con sus estudios. Ante este problema, el Gobierno nigeriano promovió un plan para rehabilitar colegios, apoyar la educación de los desplazados y transferir a los jóvenes a escuelas seguras por todo el país, con una inversión de 10 millones de euros de los que la Agencia de Cooperación Alemana (GIZ) —que colaboró con la logística de este reportaje— aporta 2,5.

Instituto público de Kwali, en Abuja, en el que estudian 33 chicos trasladados desde el noreste del país.
Instituto público de Kwali, en Abuja, en el que estudian 33 chicos trasladados desde el noreste del país. Thomas Imo GIZ

En el instituto público de Kwali, en Abuja, la capital de Nigeria, estudian 33 de los 2.300 chicos y chicas acogidos al programa SSI. Binta Abdul Kadir, la directora del centro, no tiene ninguna duda al respecto: “Ahora estos pueden ejercer su derecho de tener una educación que les permita acceder a una vida mejor”. Eso sí, la integración no es siempre fácil. En primer lugar, los jóvenes llegan con un historial de violencia y huida a sus espaldas que no siempre es sencillo de superar. Luego está el problema del idioma: la mayoría de los desplazados hablan hausa y apenas inglés. Además, su nivel educativo está muy por debajo de los chicos de su edad y deben hacer un esfuerzo por ponerse a la altura.

Boko Haram se ha fijado como objetivo la educación y ha destrozado o provocado daños a unas 1.400 escuelas en los estados de Borno, Yobe y Adamawa

“Tienen muchas ganas de aprender y gradualmente los vemos cómo se van aceptando unos a otros y juegan juntos, se hacen amigos y a partir de ahí todo es más fácil”, remata Abdul Kadir. Al frente de ese proceso, con la intención de engrasar las bisagras de la integración, se encuentra Hadjara Yakubu, que se ha convertido en una madre para todos ellos. “Son muy buenos, pero traen historias terribles”, explica. Como el pequeño Abderramán Aba, de 16 años, que vio morir a varios de sus familiares a manos de los terroristas. “Le preguntaron a mi padre si quería que yo viniera aquí y aceptó. Quiero estudiar Contabilidad en la Universidad de Kaduna”, explica.

El 70% de los estudiantes acogidos al programa SSI son chicas. Como Rosemary Ismaya, natural de Chibok, de 18 años. “Mis padres también se han trasladado a Abuja para que todos podamos estar cerca”, asegura. El Estado se hace cargo de todos los gastos de desplazamiento, manutención, matrícula y material escolar. Casi todos los adolescentes proceden de familias humildes y muchos de ellos se hubieran visto forzados a abandonar los estudios incluso sin la violencia de Boko Haram por medio, así que lo consideran una gran oportunidad. A Sudibu Baba Kano, de 18 años, le gustaría ser soldado. “Boko Haram atacó mi pueblo y toda mi familia tuvo que huir a Michika, allí no pude continuar con los estudios así que me ha tocado ponerme al día en esta escuela”, apunta.

Binta Abdul Kadir, directora del instituto público de Kwali, en Abuja.
Binta Abdul Kadir, directora del instituto público de Kwali, en Abuja. Thomas Imo GIZ

Los jóvenes están en régimen de internado. No salen del centro educativo entre semana y allí tienen a su disposición un comedor, salas de juego, una televisión y un teléfono para llamar a sus padres. “Jugamos mucho al fútbol”, dice Aba. Los fines de semana, con un permiso especial y si viene a recogerles algún familiar, pueden salir y darse un paseo pero no es lo habitual. Hoy hay clase de Inglés y Rosemary está especialmente atenta porque ella quiere ser profesora. “Tengo cinco hermanas y un hermano y me gustaría ayudarles a ellos en cuanto pueda ganar algo de dinero. La vida en el pueblo es muy dura”, dice con una media sonrisa.

Tienen muchas ganas de aprender y gradualmente los vemos cómo se van aceptando unos a otros y juegan juntos, se hacen amigos y a partir de ahí todo es más fácil

El sol aprieta sin piedad, pero los jóvenes no se quitan la chaqueta verde del uniforme y los calcetines. “Debemos ir bien vestidos a la escuela, no de cualquier manera, esta es una de las primeras cosas que aprendemos aquí”, dice Kayki Mallum, también de Chibok que sueña con encontrar trabajo en Abuja y quedarse en la capital cuando acabe sus estudios. “Hay de todo, grandes autopistas y edificios, centros comerciales, lugares donde ir a pasear sin miedo. Al principio se hace cuesta arriba, pero luego te das cuenta de que somos unas privilegiadas”, comenta.

La insurgencia de Boko Haram se ha reactivado en los últimos meses y ha provocado una nueva ola de desplazados internos y refugiados hacia los países vecinos. Los dos brazos armados de la organización se han atrincherado en la zona fronteriza con Camerún y en los alrededores del Lago Chad y siguen contando con capacidad operativa para golpear a la población. Más de 20.000 muertos y unos tres millones de personas huidas de sus hogares en la última década no son cualquier cosa. Sin embargo, no parece que vayan a poder doblegar el empeño y las ganas de salir delante de los jóvenes de Borno, Yobe y Adamawa que ya han dibujado un sendero por el que quieren transitar y que pasa, inevitablemente, por ir a la escuela.

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Fuente: El país

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