La búsqueda piedra por piedra de algo que se parezca a un resto humano

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Hay una lista con 130 nombres. La lista no es de muertos, es de desaparecidos. Personas a las que sus familiares no encuentran desde el pasado jueves. Cada día que pasa y esa cifra no baja, el trabajo se hace más macabro para cientos de militares y voluntarios de antropología forense que han llegado a Paradise, California, para intentar encontrar a las víctimas del incendio más letal y destructivo de la historia del estado. Son los únicos que caminan ya por esta ciudad, entre chatarra, ceniza y un humo blanco asfixiante, como una niebla tóxica permanente.

El miércoles, estos equipos encontraron ocho cadáveres más, lo que eleva la cifra oficial de muertos a 56. El anterior récord de muertos en un incendio era de 29 y se produjo en 1933 en el centro de Los Ángeles. La gran mayoría han sido hallados dentro de lo que fue su vivienda. El fuego empezó a las 6:29 de la mañana del jueves y antes de mediodía había consumido toda la ciudad. El 80% de Paradise, una ciudad de 26.000 habitantes, ha desaparecido. La última cifra oficial: 8.756 casas destruidas y 260 comercios.

Por la mañana, los miembros de la Guardia Nacional desplazados a Paradise se organizan en grupos en el puesto de mando, situado en Tall Pines Entertainment Center, una bolera del centro de esta ciudad de vacaciones que ha sobrevivido milagrosamente al fuego. No hay punto de comparación para describir el estado de la ciudad. ¿Un bombardeo? ¿Un accidente nuclear? Conduciendo por Paradise no hay casas, solo montones de escombros, uno tras otro, durante kilómetros. Esqueletos de coches en las cunetas, como si aquí hubiera habido un frente de guerra. Todo envuelto en humo blanco tan denso que el sol es apenas un punto rojo en el cielo. El fuego saltó caprichosamente algunas casas. Quizá 1 de cada 10, de pronto, aparece inmaculada en medio de la destrucción. Al lado de un McDonalds irreconocible están los arcos de la entrada sin daños. Junto a las cenizas de un restaurante llamado Mamma Celeste, los toldos de la terraza no ardieron.

Los equipos de rescate se organizan en grupos de hasta ocho personas que conducen por este paisaje en furgonetas. Es “una búsqueda dirigida”, explicaba el miércoles el sargento del sheriff local Steve Collins en el centro de mando. Solo van a direcciones donde vivían las personas de la lista de desaparecidos. Al llegar, comienzan a levantar uno a uno los trozos de metal y piedra de lo que fue una casa. También buscan por los alrededores, quizá esa persona salió de la casa y ahí le agarró el fuego. De pronto, se paran. Alguien avisa al agente del sheriff que los acompaña, que a su vez avisa a uno de los forenses voluntarios para que acuda a comprobar si eso fue una persona. De algunos de los cadáveres solo se han recuperado cenizas. Han sido identificados 47 de los 56. Para el resto hacen falta pruebas de ADN, y el sheriff no garantiza que se llegue a saber la identidad del algunos con toda certeza, dado su estado.

“Vamos a seguir buscando porque hay gente que depende de nosotros para encontrar a sus familiares”, dice el sargento Collins. “Es muy importante que si encuentran a sus familiares nos avisen, para que no perdamos recursos en buscarlos”. Las autoridades pensaban hacer pública el jueves la lista de desaparecidos para asegurarse de que no están buscando a nadie inútilmente. “Si alguien se ve en la lista, que nos avise”, pidió el sheriff Kory Honea. El sargento Collins asegura que solo sabe de un superviviente, una persona que se quedó en su casa y sobrevivió al fuego.

Porque cada día que pasa, además, Paradise permanece cerrado. Están cortados los accesos a toda la ciudad y sus pedanías. Más de 52.000 personas permanecen fuera de sus casas y solo 1.385 han sido acogidas en refugios de la zona. Mientras haya restos humanos que buscar, y para evitar robos, una semana después de salir con lo puesto nadie puede volver a ver si algún retazo de su vida se ha salvado del fuego. “No es sólo el área del incendio, es la cantidad de casas” que hay que controlar. La zona del desastre es tan grande, con tantas casas, que es imposible garantizar el orden si se deja volver a la gente. Solo militares, policías, bomberos y periodistas conducen por las calles de Paradise.

“La magnitud y el caos de este suceso es sobrecogedor”, dice el sargento Collins cuando los periodistas le intentan sacar respuestas concretas. “Aún estamos preguntándonos cosas. Nunca habíamos visto algo así. Aún tratamos de entenderlo”.

Fuente: El país

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