Viaje al corazón del chiismo

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En Irak es más fácil morir de accidente de tráfico que en un ataque terrorista. Es lo primero que le viene al periodista a la cabeza mientras se aferra a su asiento como un náufrago a su tabla de salvación. Finales de 2018. Amanece en Bagdad. Es un día tórrido y polvoriento. La furgoneta coreana supera los suburbios y acelera por la maltrecha autovía que une la capital con Nayaf. Una ruta de tres horas que hoy serán seis por la peregrinación religiosa del Arbain, una de las grandes celebraciones del chiismo. El conductor no lleva cinturón de seguridad y serpentea entre los coches a 160 kilómetros por hora. Los pasajeros dormitan. Apenas rompen su letargo para rezar. A la izquierda de la carretera surge la vega del Éufrates. El arcén es una consecución de controles donde hay que detenerse con prudencia, abrir el maletero, mostrar el pasaporte y contestar las preguntas de los policías de turno. Todo ambientado con sus jocosas referencias al Barça y el Real Madrid cuando averiguan nuestra nacionalidad. “Somos turistas”, es la respuesta adecuada. Nuestro visado así lo indica.

Cada puente y desvío de la ruta está tomado por militares de camuflaje, chaleco antibalas y Kaláshnikov. Hay torres de vigilancia, nidos de ametralladoras y viejos vehículos Humvee heredados del Ejército americano. Las fuerzas de seguridad están en situación de máxima alarma. Se teme un nuevo atentado del Estado Islámico (ISIS), los enemigos mortales del chiismo, a los que consideran los herejes del islam. Esta peregrinación ha concluido en otras ediciones con un baño de sangre. Bordean el asfalto enormes carteles propagandísticos con la imagen adusta, barbada, severa, con sotana y turbante negro de los dos líderes del chiismo iraquí: Ali Sistani, de 88 años, lo más parecido a un sumo pontífice que se puede encontrar en el islam; y Muqtada al Sadr, de 45, clérigo, político y señor de la guerra, que es el impulsor en la sombra del recién formado Gobierno transversal de Irak.


El ayatolá Habib al Tofi, delante de sus seguidores y una gran bandera iraquí. “Ser chií supone ser militante”, dice.ver fotogalería
El ayatolá Habib al Tofi, delante de sus seguidores y una gran bandera iraquí. “Ser chií supone ser militante”, dice. Samuel Sánchez

Al Sadr aspira a suceder al viejo Sistani como referencia de los chiíes, no solo de los iraquíes, sino de los 200 millones de todo el mundo, aunque la mayoría estén localizados en torno al golfo Pérsico. Una expansión e influencia en la región que va desde Irán hasta Siria y desde Yemen hasta Baréin, que algunos comparan con una luna en cuarto creciente. Y que quita el sueño a su facción rival, la mayoritaria y siempre orgullosa suní.

Cada puente y desvío de nuestra ruta está tomado por militares. Hay torres de vigilancia y viejos Humvee americanos. Se teme un atentado del ISIS

Irán es la gran potencia económica, militar y diplomática del chiismo y el portaviones de su expansión por todo el planeta. Y no quiere ni a uno ni a otro, sino a un clérigo iraní al frente de Irak. Para manejar todos los resortes del país vecino. Formado en el seminario de Qom, la factoría de ayatolás de la República Islámica de Irán: una teocracia dirigida por el clérigo Alí Jamenei, que detenta todos los poderes del Estado. Ese modelo de control del país por parte de los religiosos es el que querrían implantar, como primer paso para extender su revolución, a toda la comunidad universal de creyentes. Por el momento han tenido escaso éxito en exportarla a Irak, aunque teledirigen las principales formaciones políticas chiíes del país, que lo han gobernado desde 2006. Sin embargo, aún se les escapa el factor religioso. Y en esta zona del mundo es ahí donde se encuentra el poder real.

La futura desaparición de Sistani, un anciano gran ayatolá que ha intentado inocular sentido común en el avispero de Oriente Próximo (hasta el punto de sonar como Nobel de la Paz) y ha puesto freno a la ocupación de un tercio de Irak por el ISIS con una fatua (un decreto político-religioso) que movilizó en el verano de 2014 a decenas de miles de chiíes en contra del enemigo salafista (de inspiración y financiación saudí), hasta derrotarlo en 2017, es un nuevo motivo para contener la respiración en una región que desde hace 50 años no encuentra la paz. En Irak, en 2003, como consecuencia de la invasión estadounidense, “se abrieron las puertas del infierno”, según una afirmación atribuida al secretario general de Naciones Unidas Kofi Annan. Esas puertas no se han vuelto a cerrar en este tablero de juego en el que conviven una religión fracturada, el terror provocado por los extremistas de cada facción, un enemigo común, Israel, y la mitad de las reservas de petróleo del planeta.

Un grupo de mujeres libanesas de Hezbolá. La organización militar, que derrotó a Israel en 2006, está considerada como  una organización criminal por Estados Unidos. Para una de estas militantes, “cada chií del mundo se siente miembro de Hezbolá”.
Un grupo de mujeres libanesas de Hezbolá. La organización militar, que derrotó a Israel en 2006, está considerada como una organización criminal por Estados Unidos. Para una de estas militantes, “cada chií del mundo se siente miembro de Hezbolá”. Samuel Sánchez

A medida que descendemos hacia el sur por esta carretera, en la que no se ha invertido un euro desde antes de la ocupación americana (como en la mayoría de las infraestructuras que encontramos, en un país donde no conviene beber agua del grifo y no se divisa un hospital), uno empieza a sentir vértigo dentro de esa marea humana que abarrota cada mínimo espacio de los 170 kilómetros que separan Bagdad de Nayaf, la ciudad santa donde se educan desde hace 1.000 años los clérigos chiíes. Y que alberga una mezquita chapada en oro donde se veneran los restos del imam Alí. Yerno de Mahoma, fue asesinado en el año 661. Es el primer chií de la historia.

Arabia se juega en el conflicto en Yemen su prestigio frente a Irán, líder chií. Es una de las llamadas proxy wars, guerras a través de terceros países

Con él se inició la ruptura de su facción del islam de la mayoritaria suní, que hoy tiene en Arabia Saudí y sus santos lugares (La Meca y Medina) su centro de operaciones ideológico y económico (los saudíes cuentan con el 20% de las reservas de petróleo y financian las posturas musulmanas más extremistas en todo el planeta). Un complejo religioso-militar-industrial que controla desde hace tres años el poco avezado y colérico príncipe Mohamed Bin Salmán (MBS), de 33 años, que ha logrado marginar a sus primos rivales de la dinastía Saud, apartar a los clérigos refractarios y controlar los servicios de inteligencia y la Guardia Nacional. Solo él tiene acceso al autocrático rey Salmán, su padre. Pasa por ser un tipo peligroso. Fue el presunto instigador del asesinato del periodista Jamal Khashoggi el pasado mes de octubre en Estambul; el líder árabe que más ha alentado el odio sectario hacia los chiíes (a los que los jeques wahabitas consideran impuros) y es, desde 2015, el responsable del conflicto militar en Yemen, que ha provocado una hambruna que afecta a 20 millones de personas y a consecuencia de la cual han muerto cerca de 100.000 niños.

Es una guerra fría entre Arabia e Irán, supuestamente entre el sunismo y el chiismo, que se dirime en el mortificado terreno de juego yemení y supone un gran negocio de venta de material militar. Entre los proveedores, España, que está fabricando para el reino saudí cinco corbetas por valor de 2.000 millones de euros para que combata a los rebeldes huthi (alineados con el chiismo iraní). Para un analista árabe, que prefiere no dar su nombre (por lo que pueda ocurrir), “MBS está potenciando la idea de que lo que está ocurriendo en Yemen es el producto de una lucha milenaria entre el sunismo y el chiismo. Y es falso. Como es falso que en Siria se estén enfrentando las dos ramas del islam. No estamos hablando de religión, sino de influencia internacional”. Arabia Saudí se juega (una vez más) reafirmarse como la gran potencia de Oriente Próximo. Se juega su prestigio frente a Irán, como siempre, en territorio ajeno. Son las llamadas proxy wars: enfrentarte a tu enemigo a través de otros actores y escenarios. Tú pones las armas y la ideología. Otros ponen las vidas. Como ha pasado con las guerras de Siria (donde Irán ha sido el andamio financiero, diplomático y militar que ha sostenido al dictador Bachar el Asad), Líbano o Irak. “Irán y los saudíes saben que un enfrentamiento cara a cara sería inútil: ninguno iba a ganar. Ya se comprobó entre 1980 y 1988 con la guerra entre Irak (entonces bajo la dictadura de Sadam Husein) e Irán, que terminó en tablas y con un millón de bajas”, explica Haizam Amirah Fernández, investigador principal del Real Instituto Elcano.

Dos mujeres chiíes vestidas con el chador en Kerbala.
Dos mujeres chiíes vestidas con el chador en Kerbala. Samuel Sánchez

Itxaso Domínguez de Olázabal, experta en Oriente Próximo y Magreb de la Fundación Alternativas, define el enfrentamiento entre sunismo y chiismo como “un juego de tronos en Oriente Próximo. Es puro sectarismo de laboratorio. Se han exacerbado las diferencias entre las dos ramas, cuando durante siglos vivieron en paz. No se trata de bloques religiosos, sino de Estados que buscan expandir su influencia. El sectarismo es una herramienta política de odio que se activa o desactiva cuando conviene, aunque es cierto que los chiíes arrastran su victimismo desde la cuna. Es inherente en ellos”.

El chiismo es una religión de luto. Gira en torno al martirio. Su espina dorsal es el desgarro, la injusticia, la desposesión y la resistencia. Es un credo de musulmanes pobres y oprimidos; de ciudadanos de segunda con un fuerte sentido de comunidad y una red capilar transnacional que llega a Reino Unido, Rusia o Venezuela. Y moviliza miles de millones de ingresos opacos. Durante 14 siglos, los chiíes fueron invisibles. Tuvieron que esconder sus creencias. Usar el arte islámico del disimulo. Vivieron en guetos, realizaron los peores trabajos y fueron marginados de la Administración. Algo que aún ocurre en Arabia, Egipto, Afganistán, Pakistán o Marruecos. En estos momentos viven el renacimiento de su fe y su influencia. Gracias a la revolución islámica en Irán, de 1979, y al Irak después de Sadam Husein. Y también por los éxitos de Hezbolá (el Partido de Dios) contra los israelís en Líbano, a los que expulsaron en 2006, ante la desconfianza de Arabia Saudí, que teme que el chiismo se convierta en un caballo de Troya de Irán dentro de sus fronteras. Y también de su gran socio, Estados Unidos.

El Arbain es la mayor concentración religiosa del planeta. En menos de una semana 20 millones de fieles chiíes llegan  de todo el mundo. Las cofradías religiosas proporcionan a los peregrinos alimento y cobijo completamente gratis. En la imagen,  un militante reparte dulces entre los visitantes. En pocos segundos se pasa de las lágrimas piadosas a la fiesta popular.
El Arbain es la mayor concentración religiosa del planeta. En menos de una semana 20 millones de fieles chiíes llegan de todo el mundo. Las cofradías religiosas proporcionan a los peregrinos alimento y cobijo completamente gratis. En la imagen, un militante reparte dulces entre los visitantes. En pocos segundos se pasa de las lágrimas piadosas a la fiesta popular. Samuel Sánchez

Para Donald Trump, Irán sigue siendo el centro del “eje del mal” (como lo definió el presidente George W. Bush en 2002) y, en consecuencia, ha recrudecido las sanciones y dinamitado el acuerdo de no proliferación nuclear con ese Estado. Haizam Amirah del Instituto Elcano lo explica: “Trump está haciendo lo contrario que hizo Obama. Va a por Irán. Y si no interviene en este mandato, lo hará en el segundo (si gana). Y eso favorece al ala dura de Irán e imposibilita su democratización. Las sanciones económicas de Estados Unidos están hundiendo ese país, sus importaciones, el comercio, el valor del rial, sus transacciones bancarias…, y favorece que los clérigos más conservadores sigan dominando el país. Una invasión de Estados Unidos a Irán podría hacer que el día después fuera lo peor que hemos visto en mucho tiempo. Porque llevan 40 años preparándose para esa eventualidad”.

Durante los días que dure nuestro viaje al corazón del chiismo se van a reunir entre Nayaf y Kerbala 20 millones de fieles llegados de 50 países. Es una demostración de orgullo religioso. Y una muestra de poder. Tiene algo de reto. Llegan para celebrar el Arbain, en recuerdo del imam Husein, nieto de Mahoma, torturado y muerto en la batalla de Kerbala (donde reposan sus restos), junto a su familia, en el año 680, por un ejército de musulmanes omeyas muy superior al suyo. Esa derrota es la clave del chiismo. El argumento que sus seguidores repiten 1.400 años después. Y que aún les provoca el llanto. La piedra de Rosetta del chiismo es esa fractura que se vivió en el islam a la muerte del Profeta, entre su familia y sus colaboradores. Ambos lucharon por su control. Fue una contienda política. Hoy, el sunismo representa el 85% del islam, y el chiismo, el 15%. Sin embargo, en la península arábiga esa proporción está más equilibrada: se habla de 60-40.

Para un ayatolá iraquí, “no queremos gobernar este país. Pudimos hacerlo y renunciamos. No somos como Irán. No recibimos sus órdenes”

Los peregrinos abarrotan las carreteras de Irak. Es difícil ser testigo de una movilización tan multitudinaria en otro lugar del mundo. Más de un millón de iraníes han realizado la travesía entre las dos orillas del Golfo. Los aviones que llegan desde Estambul procedentes de Occidente están repletos de jóvenes arrogantes con barbas recortadas y mujeres, algunas casi niñas, vestidas como monjas de clausura que bromean en inglés y francés. Ellas y ellos no se mezclan, ni se tocan, ni se hablan, ni se miran. Será así durante los días de celebración. Aunque compartan las desbordadas callejas de las ciudades santas, no interactúan. Les está prohibido. Ellas tampoco pueden vestir atuendos occidentales.

Jóvenes chiíes rinden homenaje a sus mártires en la guerra contra el Estado Islámico (ISIS).
Jóvenes chiíes rinden homenaje a sus mártires en la guerra contra el Estado Islámico (ISIS). Samuel Sánchez

Van de luto. Ellos, con camisa y pantalón negro; ellas, de chador; algunas con el rostro cubierto. Portan grandes banderas con una imagen recreada de Husein: barba, turbante y aspecto de protagonista de Las mil y una noches. Y también ondean enseñas negras con consignas políticas. Algunas de espíritu bélico, como los miembros de Hezbolá, con sus banderas amarillas presididas por un fusil, que han llegado desde el Líbano; y los guerrilleros yemeníes y los veteranos de las batallas contra el ISIS, con atuendos paramilitares. Desde Bagdad tardarán una semana en llegar a su destino. Algunos vienen desde Azerbaiyán, Pakistán y Afganistán. Su calzado es precario. Abundan las sandalias de goma. Se puede reconocer a los que vienen del mundo desarrollado por sus deportivas americanas. Muchos no llevan más que lo puesto. A lo largo del camino proliferan los campamentos financiados por cofradías religiosas que ofrecen comida, bebida, una manta y un jergón a los caminantes. Es posible atravesar el territorio iraquí hasta las ciudades santas sin gastar un céntimo. Es una muestra del músculo de los chiíes. “Ser chií supone ser militante”, me dirá con arrogancia el ayatolá Habib al Tofi, “estar dispuestos a luchar contra la injusticia y el usurpador, y morir, como el imam Husein”.

Es viernes. Un par de horas antes del rezo del mediodía, que hoy reunirá en una fila de un centenar de kilómetros a millones de fieles inclinados en dirección a La Meca, hacemos escala en un oasis. Aquí se va a reunir un grupo de religiosos de máxima categoría. Centenares de clérigos barbados, ataviados con sus elegantes sotanas, camisas bien planchadas, vaporosas capas y turbantes blancos o negros (estos últimos, reservados a los descendientes del linaje de Mahoma), responden a las dudas de sus fieles, desde asuntos piadosos a consultas sobre sexualidad. No hay ni una sola mujer entre ellos.

Desde el barrio de Houeic, en Nayaf, el ayatolá Sistani controla su red, con ramificaciones en todo el mundo e ingresos de 700 millones al año

Una de las claves del chiismo frente al sunismo es la importancia que dan a la jerarquía religiosa, intermediaria entre Dios y los mortales. “Eso permite que los clérigos con mayor formación interpreten las enseñanzas del Corán con relación a la situación de hoy, no con la de hace 14 siglos”, explica Ibrahim Amal, responsable de la mezquita chií Alulbeyt, en Madrid, que ha sido nuestra introductora en Irak: “Nuestra jurisprudencia es dinámica. En el chiismo, la interpretación de los preceptos y las normas se hace a través de una autoridad cualificada, no del primero que llega, frente al sunismo wahabí (el islam rigorista de Arabia Saudí), donde un telepredicador o un imam de provincias, o Bin Laden, o el califa del ISIS, emite dictámenes, decide lo que es haram (está prohibido) y puede llamar a la guerra santa. Eso es un caos. Engañan a la gente. Por la ignorancia se llega al terrorismo”.

Amanece en Nayaf, la capital intelectual del chiismo. Al fondo, la mezquita de Alí.
Amanece en Nayaf, la capital intelectual del chiismo. Al fondo, la mezquita de Alí. Samuel Sánchez

Acostumbrados al gesto fiero del primer ayatolá del que tuvo constancia Occidente, Ruhollah Jomeini, dictador teocrático de Irán entre 1979 y 1989, que no usaba gafas en público para no perder un ápice de autoridad, el encuentro con los altos clérigos chiíes en este campamento entre palmeras es sorprendente: son de una amabilidad absoluta. Prodigan los besos en la mejilla. Están en la órbita del gran ayatolá Sistani. Hablamos con dos de ellos, sentados en el suelo, con un té entre las manos. Tras la inicial cortesía árabe, la pregunta es inevitable:

—¿Por qué los ayatolás gobiernan en Irán y ustedes en Irak se han mantenido al margen?

—El clero chií puede obrar de tres maneras. La primera es gobernar en nombre de la religión. La segunda, ser un gran centro de cultura que civiliza y educa. Y la tercera, ser la voz de la gente, defender sus derechos contra la injusticia y la opresión, presionar al Gobierno cuando no hace las cosas bien. Esos somos nosotros. No queremos gobernar este país, pudimos y hemos renunciado.

Un grupo de clérigos y dirigentes chiíes rezan en el camino a Nayaf. Los chiíes oran con los brazos extendidos y los suníes con los brazos cruzados.
Un grupo de clérigos y dirigentes chiíes rezan en el camino a Nayaf. Los chiíes oran con los brazos extendidos y los suníes con los brazos cruzados. Samuel Sánchez

—¿Por qué?

—No es nuestro camino. Irán practica el modelo uno y nosotros el tres. Son dos estilos distintos: el de Sistani, y el de Jamenei (actual líder supremo de Irán). Aquí no respondemos ante Irán. No recibimos sus órdenes. Ningún partido nos las da. La corriente de Irán es que los clérigos gobiernen el país. Nosotros, no.

El ayatolá Jomeini estuvo exiliado en la ciudad santa de Nayaf entre 1964 y 1978. Allí fue profesor de uno de los seminarios de la ciudad y elaboró un tratado titulado Islamic Government: Governance of the Jurist, donde concluía que los únicos legitimados para el gobierno en ausencia de la autoridad divina eran los clérigos, a los que denominaba “guardianes de la fe”. Era la primera vez en la historia del chiismo que un ayatolá se arrogaba el completo control de la sociedad. Cuando llegó al poder en Irán, en 1979, tras la expulsión del sah (el emperador Reza Pahlevi), lo puso en práctica e intentó exportar la dictadura de los ayatolás a todo el islam. Incluso puso en solfa la monarquía saudí por “corrupta”. Esta nunca se lo perdonó. En Irak, Sistani fue el freno ante esa visión jomeinista que sigue monopolizando el poder en Irán.

El gran ayatolá Sistani jamás concede entrevistas. Es la respuesta a nuestra petición de mantener un encuentro con él en Nayaf. Tampoco recibe a los políticos. Ni a los líderes extranjeros. Se comunica con el mundo a través de sus sermones del viernes, sus fatuas y la voz de su hijo (Mohamed Reza al Sistani) y su yerno (Jawad al Shahristani), ambos clérigos, sus dos personas de confianza y que influirán en su futura sucesión.

En la madrugada de Kerbala, un militante de Hezbolá ondea una bandera de guerra de la organización libanesa.
En la madrugada de Kerbala, un militante de Hezbolá ondea una bandera de guerra de la organización libanesa. Samuel Sánchez

Nayaf es una ciudad pobre a las puertas del desierto y a orillas de un lago donde dicen que acabó varado el Arca de Noé. Es la capital intelectual del chiismo. Desde hace 1.000 años viven aquí los grandes ayatolás (los teólogos supremos del islam chií) y sus seminaristas. Su formación dura al menos 10 años. Su proceso de educación y ascensos es secreto. En el momento de la caída de Sadam, en 2003, quedaban en Nayaf 700 estudiantes; ahora hay más de 15.000. Todo chií de cualquier lugar del mundo que aspire a ser un alto clérigo debe pasar por esta ciudad; todo chií con posibles anhela ser enterrado aquí. Su inmenso cementerio es más grande que el resto de la ciudad.

El ayatolá Sistani vive en un discreto callejón cerrado al público llamado Masjede-e Hindi, a unos cientos de metros de la mezquita de Alí. No se diferencia de las otras callejas sombrías y rodeadas de bazares de la zona. En torno a su cuartel general hay un perceptible servicio de seguridad de militantes con fusiles AK-47. Está prohibido hacer fotos. Este rincón ha sido escenario de varios atentados. En 2004, un comando asaltó el complejo y asesinó al responsable de las finanzas, Abdullah Falaq al Basrawi. Buscaban a Sistani. No estaba. Salvó el pellejo.

Desde este barrio popular de Houeich se controla la red Sistani, con ramificaciones en todo el mundo: unos 2.000 clérigos en el exterior de Irak, ingresos anuales de 700 millones (a través de los impuestos que recauda entre sus seguidores, que le entregan un quinto de sus ingresos) y un patrimonio superior a los 3.000 millones. Unas rentas que su organización distribuye en obras sociales, seminarios y el mantenimiento de su lobby exterior (por ejemplo, la Fundación Alulbeyt, en Madrid).

Sistani es el número uno del chiismo. No solo en conocimientos jurídicos, sino como fuente de interpretación del islam y ejemplo de vida a imitar. Comparte el poder (al menos nominalmente) con otros tres grandes ayatolás que viven en este barrio de Houeich. Son la punta de la pirámide del chiismo. Los denominan los “cuatro grandes”: un afgano, Mohammad Ishaq al Fayyad, de 87 años; un paquistaní, Bashir al Najafi, de 76, y un iraquí, Mohammad Saeed al Hakeem, de 84, que es considerado el número dos de Sistani.

A través del empresario iraquí Musa Alaasam, presidente de Alulbeyt y miembro de una importante familia chií de Nayaf, logramos un encuentro con el gran ayatolá Al Hakeem. Su hogar es laberíntico y monacal. No hay muebles, solo alfombras y tapices negros con inscripciones religiosas. La familia Al Hakeem es una de las más ricas y poderosas del chiismo. Decenas de sus miembros, todos clérigos, fueron asesinados por la dictadura de Sadam. Al Hakeem, su patriarca, es un sabio enjuto, de ojos acuosos y nariz prominente, que permaneció en sus cárceles entre 1983 y 1991. Relata cómo escuchaba desde su celda los gritos de dolor y las ejecuciones de sus familiares. Afirma que no siente odio hacia el sunismo.

Dentro de la red de influencia internacional de los Al Hakeem está la Fundación Hikmeh, dedicada al diálogo interreligioso, que dirige su hijo, el también ayatolá Riyadh al Hakeem, de 59 años, un clérigo elegante y de mirada inquisitorial. Ante el mutismo piadoso de su padre, que desgrana las cuentas de un rosario árabe, Riyadh toma la palabra: “Los chiíes nunca hemos pensado en vengarnos contra el sunismo; nunca hemos hecho una llamada al odio. Y eso que Sadam hizo un genocidio. Nos mató con armas químicas. Nosotros apostamos por el diálogo y que no vuelva a pasar. No odiamos ni tan siquiera a Israel. No somos radicales. No nos interesa la política. No somos una tendencia, somos una religión.

—¿Y cómo hacen patente su influencia en el país?

—Siendo vigilantes de que ninguna ley sea contradictoria con las disposiciones del islam, y también a través de nuestras fatuas, que llaman la atención de los políticos cuando oprimen o hacen algo mal contra el pueblo.

—¿Contemplan un Irak para chiíes desgajado de los kurdos y los suníes?

—No. Ellos quisieron romper el país y no les dejamos. Somos un solo país. Tenemos una bandera y vamos a seguir así. Y lo defenderemos si hace falta.

—¿Por qué las mujeres son ciudadanas de segunda?

—No estoy conforme con esa apreciación. Están por encima de nuestras cabezas. Y la Constitución dice que el 25% de los escaños del Parlamento tienen que estar ocupados por mujeres. Y nosotros aprobamos eso. Este país no lo gobierna la sharía sino la ley civil.

Si Nayaf es la capital intelectual del chiismo, Kerbala es la emocional. El trayecto entre las dos ciudades, apenas 80 kilómetros, exige en vísperas del Arbain ocho horas de coche. Millones de personas abarrotan la carretera, los arcenes, los campos contiguos en dirección a las cúpulas doradas de la mezquita de Husein. Cada pocos kilómetros, centenares de clérigos escenifican ante grupos de fieles la pasión y muerte del imam Husein. El nivel de exaltación comienza a elevarse. Las banderas ondean. Hay gestos de dolor por el esfuerzo y la emoción. Ya en Kerbala, el caos es absoluto. La policía impide el paso de vehículos y cachea y registra los equipajes de los peregrinos. Cuanto más se acerca uno a los dos santuarios, más estrechas se vuelven las medidas de seguridad. Después de tres controles, se accede a la zona santa del chiismo, a orillas del Éufrates, donde fue masacrado Husein en 680 y se fracturó el islam. En torno a la mezquita (que fue bombardeada por Sadam en 1991), hay miles de puestos de comida para los peregrinos; en los callejones se matan corderos, se preparan guisos en inmensas ollas y se reparte agua, dulces y té. La aglomeración no es apta para claustrofóbicos. No hay ni un solo puesto de socorro. Cualquier incidente provocaría una estampida y una inmensa tragedia.

El chiismo es una religión con una elaborada puesta en escena. El color negro, las banderas, los lamentos, las lágrimas. La mezcla de esos elementos practicada por millones de personas sobrecoge. En el interior de la mezquita, en cada rincón, clérigos histriónicos relatan con pasión el martirio de Alí ante un público entregado que llora y gime sin consuelo hasta alcanzar un éxtasis místico. Esta expresión religiosa durará toda la noche. En el exterior, decenas de miles de jóvenes cantan y se golpean el pecho en una suerte de rap hipnótico. Vienen de todo el mundo. Los más vitoreados son los guerrilleros de Hezbolá (la milicia chií libanesa con 20.000 miembros), entre ellos, centenares de mujeres. Cuando le pregunto a una si se consideran un movimiento de resistencia contra Israel o una organización criminal, como afirma Estados Unidos, contesta sin inmutarse, “lo único que le puedo decir es que cada chií del mundo, independientemente de donde viva, se siente de Hezbolá”.

El analista Haizam Amirah define la situación en Oriente Próximo como “un proceso líquido, cambiante, de flujos y reflujos; donde las piezas cambian cada día; donde se ha pasado de la racionalidad al sectarismo. Vivimos en un mundo sin certezas; todo puede ocurrir”.

Un paisaje incierto al que se une el estancamiento de la economía y el aumento del paro en Irán y Arabia Saudí. Y unos niveles de cleptocracia en Irak, que ingresa cada año 100.000 millones de euros por la venta de crudo, entre los más altos del mundo: es el noveno Estado más corrupto, según Transparencia Internacional. Una situación que ya ha provocado levantamientos en Basora, la capital petrolera y chií del país, con el apoyo del entorno del ayatolá Sistani. Durante una manifestación se podía leer en una de sus pancartas: “2.500.000 barriles de petróleo al día. 70 dólares por barril. 2.500.000 × 70 = 0. ¡Hola, Pitágoras, estamos en Irak!”.

Para llegar a la puerta de embarque en el aeropuerto de Bagdad es necesario pasar nueve controles. Hay cacheos y escáner; perros y preguntas. Es la mejor metáfora de un país que lleva medio siglo sin encontrar el sosiego, entre una dictadura, una guerra con Irán, la invasión de EE UU, una contienda civil y la invasión del ISIS. Los expertos dicen que no es un Estado fallido, pero que aún está en construcción. Antes de acceder al vuelo, de madrugada, los pasajeros dormitan tras las emociones religiosas del Arbain. Al menos ellos han encontrado la paz.

Fuente: El país

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